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sábado, 10 de diciembre de 2016

COSAS QUE A LOS NIÑOS NO LES GUSTAN

No hay que pecar de cándidos. 

Los niños son tiernos y suaves pero tienen criterio propio
y unas ideas muy claras de lo que les gusta y lo que no. 


La primera gran sorpresa de la maternidad nos la llevamos cuando nos damos cuenta de que ese ser tan pequeño e indefenso tiene un fuerte carácter con el que defiende sus derechos e intereses. Son adorables, si, pero no son tontos. Hay cosas que no les gustan y nos lo hacen saber con contundencia.


Como en todo, habrá excepciones pero en líneas generales estas son las típicas cosas que disgustan o desagradan a los más pequeños.

En primer lugar, lo más importante es que a los niños no les gusta estar solos. No quieren estar aislados, necesitan contacto continuo con otros seres, a ser posible adultos y de su confianza. Su primera y principal figura de apego suele ser su madre y su instinto de supervivencia les lleva a no admitir estar separados de ella durante largos periodos de tiempo. Por eso, todos los instrumentos que traigan consigo esa separación les producirán rechazo. No les gustan las cunas, prefieren el colecho. No les gusta el carrito, prefieren el porteo. No les gustan los brazos de desconocidos, prefieren los de sus padres. Por eso llorarán con fuerza cuando intentemos soltarlos y se despertarán enseguida cuando noten que no estamos a su lado.

A los niños tampoco les gustan los chupetes… Diréis: “¡Mentira! Si ahora no consigo quitárselo y tiene ya x años”. El chupete es un sustituto del pezón materno. Los niños necesitan succionar, pero prefieren hacerlo del pecho de su madre. Porque el chupete imita al pezón pero no es ni mucho menos igual. Cuando ese pecho no está disponible por lo que sea, los niños terminan haciéndose al chupete y luego dependiendo de él. La primera reacción de cualquier bebé al sentir la tetina en la boca es de asco, ponen caras raras, la rechazan, la escupen, no saben qué hacer con ella. Luego a base de insistir, aprenden a gestionarla, y como les calma le cogen el gustillo. Yo siempre digo que es algo similar a la cerveza, el whisky o el tabaco. Al principio no gustan, porque objetivamente están malos, tienen un sabor fuerte y agrio, pero a base de tomarlos, la gente se hace a su sabor. Es habitual que los niños que toman lactancia materna a demanda no usen chupete porque no lo necesitan.

A muchos niños no les gusta el agua y el momento baño es una tortura para ellos. Generalmente prefieren baño en lugar de ducha y lo que menos les gusta es que les mojen la cabeza, en particular la cara y los ojos. Montan espectáculos de horror y muerte como si les estuviesen rociando con ácido sulfúrico. Algunos suelen montar shows similares cuando toca cortarles las uñas o el pelo. Se revuelven cuales Sansones a los que las tijeras les van a arrebatar su fuerza vital. Esto no significa que les tengamos que dejar ir por la vida como unos Vikingos mugrosos, pero es bueno estar preparados psicológicamente para afrontar su reacción.

Rara avis de niño al que le encantaba el agua y no tenía miedo en la peluquería.






Respecto a la comida, como diría una abuela cualquiera, muchos “viven de manías”. La más conocida y curiosa de todas es aquella por la que una fuerza poderosa les impide comerse las galletas que están rotas. Para ellos las galletas rotas, aunque sea mínimamente en una esquina prácticamente invisible, son incomestibles, vete tú a saber porqué. “¡Tendrían que pasar hambre como en la posguerra, para que se les quite la tontería!” seguiría diciendo la misma abuela y no le falta nada de razón. Aunque siguiendo con los refranes: “¡Le dijo la sartén al cazo!”. Todos tenemos manías en mayor o menor grado, los adultos también, aunque no seamos conscientes de ello o no queramos reconocerlo. No pasa nada por tenerlas. No cuesta nada transigir con ellas si son inofensivas. Así nos ahorraremos muchos conflictos, aunque tengamos que comernos nosotros las galletas rotas.

A los niños, como a los adultos, no les gusta que les digan NO constantemente, por eso hay que tratar de decírselo lo menos posible. Eso no significa que vayamos a decirles que si a todo y dejarles hacer todo lo que quieran, si no que hay que elegir bien que cosas son innegociables y tratar de ser flexible con las demás. Utilizando un lenguaje positivo y dándoles alternativas, podemos conseguir que sean más colaborativos y que cambien de postura y opinión con más facilidad. Este post de Bebés y Más: Cómo decirles que no sin decir “no”, nos da un montón de ejemplos prácticos sobre cómo hablar a los niños para erradicar el No de nuestro vocabulario.


¿Se te ocurre alguna cosa más que suelan odiar los más pequeños? 
¿Qué cosas hacen que tu hijo se enfade?

lunes, 20 de abril de 2015

MOMENTOS PROPICIOS PARA UNA RABIETA

Cuando un niño reacciona con fuerza desmedida ante una situación cualquiera estamos ante una rabieta. Hay momentos y circunstancias que son propicios para que tenga lugar la rabieta. Conocerlos puede ayudarnos a evitarlos adelantándonos a la rabieta, a situarnos y comprender el porque de la misma para poder frenarla y ponerle fin, o por lo menos a entender mejor a nuestro hijo y acompañarle en el proceso sin perder la perspectiva y los nervios como él.

Hay tres situaciones que según mi experiencia pueden desembocar en rabieta:
1.- El niño no se encuentra bien físicamente.
2.- El niño no se encuentra bien emocionalmente.
3.- El niño está frustrado por algo que no consigue hacer bien o no consigue obtener.

En los dos primeros casos la “razón” que desencadena la rabieta no es lo importante por lo que no debemos centrar nuestra atención en ello. La merienda, el juguete o la ropa no son si no la excusa para dejar salir el malestar que el niño siente. Puede tener hambre (hay niños que se ponen muy nerviosos cuando tienen hambre), puede estar cansado o tener sueño, o puede estar incubando una enfermedad o saliendo de ella y estar bajo de fuerzas. Estas situaciones hacen que el niño se encuentre mal y al no saber identificar el origen de su inquietud o no tener un vocabulario o capacidad de expresión suficiente para hacernos saber lo que les ocurre, explotan por cualquier motivo para hacernos ver que hay algo que anda mal. Por eso no es raro que tras un día malo, el niño de repente se quede dormido y no se despierte hasta el día siguiente o que lo haga con fiebre y mocos. Por lo que antes de nada conviene analizar si el niño puede tener alguna de estas cosas: hambre, sueño o enfermedad y actuar conforme a lo que ocurra.

El niño también puede recurrir a la rabieta para dejar salir un conflicto emocional que no es capaz de resolver. Si un niño está de mal humor, susceptible de entrar en barrena en cualquier momento hay que hablar con él y preguntarle si le ha ocurrido algo en el colegio, o con sus amigos en el parque que le haya hecho sentirse triste. Si conseguimos que nos lo cuente y le ayudamos a entenderlo y superarlo, conseguiremos mejorar su ánimo y evitar a tiempo la rabieta.

El último caso es el más difícil de enfrentar. Son habituales las rabietas de los bebés cuando se encuentran inmersos en algún proceso de cambio, a punto de alcanzar algún hito importante en su desarrollo, como sentarse, gatear, levantarse, andar, hablar, etc. Cuando un niño está empeñado por ejemplo en meter una pieza en una cajita y no lo consigue puede llegar a enfadarse mucho. Nuestro papel no es el de hacerlo por ellos si no guiarle en sus intentos y tener paciencia con sus berrinches.

Cuando la rabieta es por un juguete que tiene otro niño o una chuche que quiere comer, podemos volver al principio y ver si el niño se encuentra mal física o emocionalmente. A veces no hay una razón oculta para la rabieta, simplemente el niño pelea por conseguir algo que ansía y cuando no lo logra se enfada. Ante esto es fundamental tener en cuenta dos cosas:

1.- Evitar las incongruencias y crear costumbres que no queramos mantener en el tiempo.
Los niños tienen una memoria prodigiosa y una capacidad tremenda para adquirir hábitos, siempre que estos hábitos sean de su agrado. De manera que si les compramos dos días algo en un kiosco, cada vez que pasemos por un kiosco querrán que les compremos algo y si no lo hacemos no entenderán porque los otros días si se lo compramos y hoy no, se frustrarán y se enfadarán con nosotros por negarles algo a lo que se habían acostumbrado. Así que es mejor no hacer excepciones que ellos puedan tomar como una norma, si no queremos vernos en una encrucijada entre claudicar o aguantar el berrinche.

2.- Elegir con cuidado las batallas que queremos librar.
Que a uno le digan a todo que no es muy frustrante, se tengan 2 o 40 años. Por eso hay que evitar abusar del no y usarlo sólo cuando sea imprescindible y estemos seguros de la decisión que tomamos hasta el punto de no echarnos finalmente para atrás. Hay aspectos en los que el niño puede decidir, otros en los que se puede negociar con él y otros en los que no existe negociación posible. Estos últimos deben ser cosas importantes, que debemos tener claras y así mostrárselo a los niños. En general son todos los asuntos relacionados con su seguridad, su salud o la integridad de otras personas. Si por ejemplo un niño es propenso a las caries y no debe tomar caramelos, debemos ser firmes en nuestra determinación de negárselos y como dije en esta otra entrada sobre las rabietas, no ceder a pesar de la rabieta. En definitiva, si algo no tiene mucha importancia para nosotros no hay que negárselo al niño, es mucho peor decirle que no al principio y luego acceder a sus reclamos para poner fin a su rabieta.

No soy partidaria de poner pruebas y trabas artificiales a los niños para hacerlos fuertes intentando superarse. Esta es una visión muy retrógrada de la educación con la que no estoy de acuerdo. Creo que la vida ya proporciona suficientes ocasiones para que maduremos y nos enfrentemos a retos y situaciones desagradables, así que no es necesario ponérselo más difícil a los pequeños. La frustración es una vivencia real que no hay que forzar pero tampoco evitarle a los niños. De manera que aunque es más agradable para todos que las rabietas no tengan lugar, si ocurren tampoco hay que echarse las manos a la cabeza y dudar de nuestra capacidad como educadores o de la salud mental del niño. Al final el disgusto se le pasará y con el tiempo aprenderá a aceptar negativas y a defender sus intereses con más tranquilidad, o no...

lunes, 12 de enero de 2015

RABIETAS: ENTENDER RAZONES O ATENDER A RAZONES

Es fundamental hablar a los bebés para que aprendan a hablar ellos a su vez. Los bebés necesitan que les hablen para que puedan asignarle un nombre a cada cosa, un nombre que luego ellos aprenderán a pronunciar y usarán cuando quieran comunicarse con el mundo y contar a los demás lo que sienten o piensan. Pero la adquisición del lenguaje es lenta y gradual y no podemos dirigirnos de la misma manera a un niño de 2 años que a uno de 4 o a otro de 6. El vocabulario a utilizar varia y las expresiones también, lo que no quita que vayamos introduciendo poco a poco nuevos conceptos para que el niño los interiorice.

Con todo esto quiero decir que cuando un niño es muy pequeño puede no “entender” las razones, el porque y el porque no de lo que es conveniente o no hacer. Eso no quiere decir que no debamos intentar explicarle las cosas, pero tenemos que ser conscientes de que puede no hacernos caso porque no entiende lo que le queremos decir, así que debemos acomodar nuestras expectativas a sus capacidades y no al revés. Por todo esto puede decirse que hasta los dos años y medio o los tres, que es cuando generalmente los niños aprenden a hablar, los niños no entienden razones. ¿Y a partir de entonces qué?

Los bebés no ven más allá de ellos mismos y sus necesidades. Cuando por ejemplo quieren comer, quieren hacerlo y necesitan hacerlo en ese momento. No entienden de esperas, de horarios, de rituales sociales, de momentos propicios o no, de que existen a su alrededor otros seres con sus propias necesidades y circunstancias. A medida que se hacen mayores van dándose cuenta de que hay algo más allá de su propio cuerpo, cosas que les interesan, con las que pueden interactuar y también otras personas. Con tres años un niño puede entender muchas de las cosas que les decimos. Puede entender las razones que les damos pero sin embargo “no atender a ellas”, simplemente porque esas razones no se ajustan a lo que ellos desean en esos momentos. Puede decirse de alguna manera que siguen siendo egocéntricos y seguirán siéndolo durante largo tiempo y cuando sus expectativas se ven defraudadas reaccionan de manera contundente reclamando aquello que para ellos es importante en ese momento.

Estas reacciones, a ojos de los adultos desmedidas, son las rabietas y los berrinches, mas o menos frecuentes o fuertes según el carácter del niño, y también porque no decirlo, de la actitud que adoptemos los padres al respecto. Hay muchas teorías sobre como enfrentar las rabietas que van de un extremo a otro, desde ignorarlos hasta abrazarlos hasta que se les pase. Yo sinceramente no tengo muy clara cual es mi opinión al respecto. Lo que si tengo claro es que no hay que dejar de explicarles las cosas pensando en que son pequeños y no nos van a entender porque creo que si lo hacen o terminarán haciéndolo si lo seguimos intentando y sobre todo que debemos mantenernos firmes en nuestras resoluciones. Ceder para que el niño se calle es lo peor que se puede hacer, pues consigue frenar la rabieta pero le da a entender al niño que cuando adopta esa actitud conseguirá siempre finalmente lo que desea, contribuyendo a que utilice la rabieta como una herramienta para obtener lo que quiere.

¿Hasta cuando duran las rabietas? Las rabietas son parte normal del desarrollo de los niños, una fase que suelen pasar muchos hasta que alcanzan la madurez para aceptar las negativas de una manera más “civilizada”. Es lo que se llama la tolerancia a la frustración que no todos logramos adquirir plenamente, pues hay muchos adultos que seguimos reaccionando fatal cuando las cosas no nos salen como queremos o los demás no nos dan la razón. Por eso rabietas podemos tenerlas cualquiera, en cualquier momento, lo malo es cuando la rabieta se convierte en una manera habitual de relacionarnos con los demás para conseguir nuestros objetivos.

No conozco una solución mágica para este problema que genera mucho estrés familiar. Hay casas en las que se convive con rabietas diarias, cualquier excusa es buena para que el niño deje escapar un torbellino de emocionalidad que desgasta al más pintado. Quizá para el niño sea una manera saludable de sacar fuera sus sentimientos, pero para los demás puede resultar agotador vivir continuamente de esta manera. Creo que hay niños más dados a ello que otros y que a veces no existen estrategias que consigan erradicar del todo esta dinámica. Sólo se me ocurre recomendar paciencia y que cuando sintamos que la paciencia se nos acaba nos quitemos de en medio antes de explotar, dejando que otro adulto que esté más tranquilo asuma el control de la situación.