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sábado, 10 de diciembre de 2016

COSAS QUE A LOS NIÑOS NO LES GUSTAN

No hay que pecar de cándidos. 

Los niños son tiernos y suaves pero tienen criterio propio
y unas ideas muy claras de lo que les gusta y lo que no. 


La primera gran sorpresa de la maternidad nos la llevamos cuando nos damos cuenta de que ese ser tan pequeño e indefenso tiene un fuerte carácter con el que defiende sus derechos e intereses. Son adorables, si, pero no son tontos. Hay cosas que no les gustan y nos lo hacen saber con contundencia.


Como en todo, habrá excepciones pero en líneas generales estas son las típicas cosas que disgustan o desagradan a los más pequeños.

En primer lugar, lo más importante es que a los niños no les gusta estar solos. No quieren estar aislados, necesitan contacto continuo con otros seres, a ser posible adultos y de su confianza. Su primera y principal figura de apego suele ser su madre y su instinto de supervivencia les lleva a no admitir estar separados de ella durante largos periodos de tiempo. Por eso, todos los instrumentos que traigan consigo esa separación les producirán rechazo. No les gustan las cunas, prefieren el colecho. No les gusta el carrito, prefieren el porteo. No les gustan los brazos de desconocidos, prefieren los de sus padres. Por eso llorarán con fuerza cuando intentemos soltarlos y se despertarán enseguida cuando noten que no estamos a su lado.

A los niños tampoco les gustan los chupetes… Diréis: “¡Mentira! Si ahora no consigo quitárselo y tiene ya x años”. El chupete es un sustituto del pezón materno. Los niños necesitan succionar, pero prefieren hacerlo del pecho de su madre. Porque el chupete imita al pezón pero no es ni mucho menos igual. Cuando ese pecho no está disponible por lo que sea, los niños terminan haciéndose al chupete y luego dependiendo de él. La primera reacción de cualquier bebé al sentir la tetina en la boca es de asco, ponen caras raras, la rechazan, la escupen, no saben qué hacer con ella. Luego a base de insistir, aprenden a gestionarla, y como les calma le cogen el gustillo. Yo siempre digo que es algo similar a la cerveza, el whisky o el tabaco. Al principio no gustan, porque objetivamente están malos, tienen un sabor fuerte y agrio, pero a base de tomarlos, la gente se hace a su sabor. Es habitual que los niños que toman lactancia materna a demanda no usen chupete porque no lo necesitan.

A muchos niños no les gusta el agua y el momento baño es una tortura para ellos. Generalmente prefieren baño en lugar de ducha y lo que menos les gusta es que les mojen la cabeza, en particular la cara y los ojos. Montan espectáculos de horror y muerte como si les estuviesen rociando con ácido sulfúrico. Algunos suelen montar shows similares cuando toca cortarles las uñas o el pelo. Se revuelven cuales Sansones a los que las tijeras les van a arrebatar su fuerza vital. Esto no significa que les tengamos que dejar ir por la vida como unos Vikingos mugrosos, pero es bueno estar preparados psicológicamente para afrontar su reacción.

Rara avis de niño al que le encantaba el agua y no tenía miedo en la peluquería.






Respecto a la comida, como diría una abuela cualquiera, muchos “viven de manías”. La más conocida y curiosa de todas es aquella por la que una fuerza poderosa les impide comerse las galletas que están rotas. Para ellos las galletas rotas, aunque sea mínimamente en una esquina prácticamente invisible, son incomestibles, vete tú a saber porqué. “¡Tendrían que pasar hambre como en la posguerra, para que se les quite la tontería!” seguiría diciendo la misma abuela y no le falta nada de razón. Aunque siguiendo con los refranes: “¡Le dijo la sartén al cazo!”. Todos tenemos manías en mayor o menor grado, los adultos también, aunque no seamos conscientes de ello o no queramos reconocerlo. No pasa nada por tenerlas. No cuesta nada transigir con ellas si son inofensivas. Así nos ahorraremos muchos conflictos, aunque tengamos que comernos nosotros las galletas rotas.

A los niños, como a los adultos, no les gusta que les digan NO constantemente, por eso hay que tratar de decírselo lo menos posible. Eso no significa que vayamos a decirles que si a todo y dejarles hacer todo lo que quieran, si no que hay que elegir bien que cosas son innegociables y tratar de ser flexible con las demás. Utilizando un lenguaje positivo y dándoles alternativas, podemos conseguir que sean más colaborativos y que cambien de postura y opinión con más facilidad. Este post de Bebés y Más: Cómo decirles que no sin decir “no”, nos da un montón de ejemplos prácticos sobre cómo hablar a los niños para erradicar el No de nuestro vocabulario.


¿Se te ocurre alguna cosa más que suelan odiar los más pequeños? 
¿Qué cosas hacen que tu hijo se enfade?

miércoles, 10 de agosto de 2016

10 COSAS QUE DEBES SABER SOBRE LOS NIÑOS Y LA MATERNIDAD

Es curioso como la mayoría de las personas nos convertimos en padres sin tener ni idea de nada relacionado con la maternidad y los niños.

Por eso he pensado plasmar aquí, unas leyes maternales/paternales que siempre se cumplen, con el objetivo de paliar en alguna medida esa ignorancia y contribuir a poner en situación a los padres primerizos. 

Ahí van:
  1. Tus hijos nunca, nunca se parecerán a ti, siempre serán clavaditos a tu pareja, y su familia se encargará de recordártelo 100 veces cada vez que os vean.
  2. Nunca llevarás encima todo lo que necesites. A pesar de ir cargado como una mula y haber tardado un siglo en prepararte para salir, cuando estés lejos de casa necesitarás algo que se te ha olvidado coger.
  3. Los niños siempre, siempre se portarán mejor con otras personas antes que contigo. Los abuelos son un ejemplo de ello y también se encargarán de repetírtelo 100 veces cuando vayas a recogerlos: “Se han portado fenomenal”. Lo mismo puede aplicarse a la comida. Los niños comerán mejor con cualquier compañía antes que con sus padres. En casa de un familiar, vecino, amigo, en el colegio,… probarán de todo y se terminarán siempre el plato.
  4. Es imposible estar tranquila a la vez que tienes la casa arreglada y a los niños felices. Solo puedes obtener dos de estas cosas a la vez. Tendrás que escoger.
  5. Los niños no saben andar, corren. Los niños no saben hablar, gritan.
  6. Los niños tienen un detector de enchufes sin protección y de colillas tiradas en el suelo. Siempre encontrarán algo peligroso que hacer a pesar de lo mucho que te hayas esmerado en acondicionar tu casa para evitar accidentes o en vigilarle mientras juega en el parque.
  7. Los niños prefieren jugar con cualquier cosa antes que con un juguete. 
  8. Los bebés adoran chupar las toallitas higiénicas y las ruedas de sus carritos (Puaj).
  9. Los niños de los demás siempre son más “buenos”, se “portan” y duermen mejor que los tuyos. Sobre todo, los de las ancianas con las que compartes asiento en el autobús o en la consulta del médico.
  10. Todo el mundo cree que sabe más de educar que tú misma, aunque no sea cierto e incluso aunque nunca hayan educado a nadie.


Leyes como estas debe haber cientos 
¿Compartes conmigo las que conoces?

lunes, 29 de febrero de 2016

LA CUNA: UNA COMPRA “TOTAL FAIL”

No se puede ser primeriza y no comprar una cuna y toda una serie de cachivaches que parecen imprescindibles cuando se va a tener al primogénito. ¿O sí?

Yo también compré una cuando iba a tener a mi primer hijo y no puedo decir que malgastara mi dinero porque el niño la usó, -no todos los días-, hasta los dos años. No había oído hablar del colecho y no se me pasó por la cabeza no comprar la cuna, aunque luego estuvo muchos días durmiendo en nuestros brazos y en nuestra cama. Esa compra no fue tirar el dinero pero está claro que podríamos habernos ahorrado el gasto.


Lo que sí fue un fracaso estrepitoso fue la mini cuna ¿Alguien de verdad la usa? No sé si el problema radicó en la forma y el diseño de la que nosotros elegimos, pero mi hijo pasó en ella una noche, la primera que pasó en casa y no volvimos a usarla. No tenía una buena base ni ventilación, el niño se hundía en ella y pasaba mucho calor.

Pero volviendo a la cuna normal… Queramos los padres o no, nos resulte cómodo o no, al final todos los niños quieren dormir con nosotros, de manera que las cunas sobran. Por eso existen métodos para “enseñar” a los niños a dormir solos, porque lo natural en ellos, lo que todos demandan, es colechar, y si los padres no quieren hacerlo tienen que disuadirles de pedirlo de alguna forma. No existen, ni nadie demanda, métodos para hacer que los niños quieran dormir con sus padres, por algo será. Y es que esos métodos no son necesarios porque los niños saben colechar, lo que no saben, necesitan, ni quieren es dormir solos.

Como la experiencia es un grado, cuando me quedé embarazada del segundo, me deshice de la cuna y la única vez que mi hijo pequeño ha estado en una ha sido cuando se metió en la que nos pusieron en un hotel cuando estábamos de vacaciones y solo lo hizo para jugar.

Jesús no usó cuna, ni la echó de menos.

Pero es curioso como es la cultura, porque aún teniendo la intención de colechar, muchas madres no quieren renunciar a comprar la cuna “por si acaso”, les hace ilusión montar la habitación del bebé, habitación que el bebé nunca usará. Mi hermana sin ir más lejos, montó una habitación para mi sobrina Lucía, digna de estar en la revista “Casa Diez” pero a la que no dio ningún uso, como ella misma reconoció en su blog Patadita:

“Si volviésemos atrás no compraríamos por nada del mundo una cuna de colecho de nuevo, y mira que De Profesión Mami me lo dijo y me lo avisó… Hace ilusión comprar la cuna, que en teoría es algo súper necesario cuando tienes un bebé y es de lo primero que se compra, pero en nuestro caso ha sido más un estorbo y ha funcionado como sillón para poner la ropa la gran parte del tiempo.”


Preciosas las tres: mi hermana, su barriguita y la habitación.

Ahora esa habitación es muy diferente a la de la foto. Mi hermana puso su colchón en el suelo y quizá no quede muy ortodoxo pero es una solución cómoda y práctica, que evita dolorosas caídas cuando el bebé empieza a desplazarse. La nueva habitación de mi sobrina tiene todo lo que tiene que tener: una cama en la que poder dormir con su madre y juguetes a su alcance. No es una especie de museo perfecto en el que esté todo colocado en su sitio y listo para la foto, es un espacio lleno de vida, impregnado de ese olor suyo tan especial que hace que te la quieras comer.

Como mi hermana hay un montón de padres que se arrepienten de haber comprado la cuna, pues ha terminado siendo un trasto que ocupa espacio y poco más. Si nos paramos a analizarlas, las cunas ni siquiera son bonitas. Lo bonito son los elementos con los que las decoramos: las sabanitas y mantas con motivos infantiles y los peluches que ponemos encima. Una cuna desnuda, con esos barrotes, se asemeja a una cárcel . Cárcel de la que muchos niños quieren escapar. ¡Algunos incluso lo consiguen!



Menos mal que tenemos internet y podemos encontrar un montón de ideas geniales para reciclar la dichosa cuna y no tener que tirarla directamente al contenedor.



¿Tú has comprado una cuna?

¿Tu hijo quiere dormir en ella?

¿Le estás dando otro uso?

lunes, 9 de noviembre de 2015

PASEAR O PASTOREAR

A la salida del colegio, mis hijos y yo volvemos juntos a casa. Se trata de un paseo de unos 20 o 25 minutos, dependiendo del ritmo al que caminemos. Cruzamos varias calles e intersecciones, algunas de ellas peligrosas. Durante el camino y en otras ocasiones en que vamos juntos a caminar, no puedo evitar pensar que, en lugar de pasear me dedico a pastorear ovejas

¿Por qué digo esto?
  • Porque ninguno de ellos me da la mano. El pequeño nunca ha querido dármela. Se siente un “espíritu libre”. 
  • Nunca van caminando juntos ni a la misma altura que yo, por lo que tengo que estar mirando hacia adelante y hacia atrás para que no se me quede ninguno descolgado.
  • El pequeño vive en su propio mundo. No mira por donde va, ni siquiera cuando tiene que cruzar. Va saltando como una cabra montesa, subiéndose a todo lo que puede subirse, cambiando de dirección y de ritmo constantemente, por lo que me paso el rato pendiente de que no le pille un coche o se descalabre.
  • También se dedica a pasar la mano por todo lo que pilla. Le llamo cariñosamente: “mi pequeño basurero”. No quiero imaginar la cantidad de bacterias que puede llegar a atesorar en sus pequeñas manos. Seguro que alberga la mayor biodiversidad conocida en la tierra. Ahí me tenéis de nuevo, persiguiéndole para que se ensucie lo menos posible.
  • Por último y no menos importante: las cacas de perro. Yo no tengo perro, nunca lo he tenido y sé que no todos los dueños de perros son unos irresponsables, pero cuando me encuentro con las deposiciones a lo largo del camino, no puedo evitar echar pestes por la boca sobre la gentuza que no las recoge. Así que no sólo tengo que tener cuidado con los automóviles, si no que tengo que ir avisando a mis hijos para que no pisen las cacas. Los pobres van sorteándolas como si fuesen los protagonistas de un videojuego ¡Porque hay un montón!

Por todo esto tengo complejo de pastora. Sólo me hace falta la vara para azuzarles y el perro pastor. Prometo eso sí, que si llego a agenciarme uno, recogeré sus “regalitos” como una buena ciudadana.



¿Te resulta agradable desplazarte con tus hijos?

¿O te estresas porque se mueven como electrones a tu alrededor y te preocupas por su seguridad?

jueves, 15 de octubre de 2015

LA LEY DEL METRO CUADRADO

Si bien la paternidad condiciona el vehículo que conducimos, no ocurre lo mismo con las características del lugar donde vivimos. La LEY DEL METRO CUADRADO hace que, cuando se tienen hijos, dé lo mismo vivir en una cabaña, un iglú o un castillo, da igual lo grande que sea nuestra casa, da igual el nº de habitaciones que tengamos: ellos estarán siempre en el mismo metro cuadrado donde estemos sus padres. Al menos eso es lo que nos pasa a nosotros.


Si vas al baño ellos vienen detrás, si estás en el salón ellos quieren jugar precisamente ahí y sobre todo, ya pueden tener una habitación de ensueño, llena de juguetes y decorada con imágenes y motivos de sus dibujos preferidos que querrán dormir contigo en tu cama, todos juntos y revueltos, y a ser posible poniéndote su culo o su pie en tu cara.

Melé familiar en una cama de 80 cm.
¿Me gustaría tener una casa más grande? Sí y no. Por un lado me echa para atrás pensar en más metros cuadrados para limpiar, por otro me gustaría tener un salón más amplio para que cuando vienen visitas a casa no estemos tan apiñados. Me gustaría disponer de un espacio amplio que sirviera exclusivamente de espacio de juegos, aunque no estoy segura de que los chicos lo utilizaran. Me gustaría tener un estudio donde poner una biblioteca chula y poder recluirme tranquila a leer, trabajar en el ordenador o escuchar música (eso sí cerrando por dentro con pestillo, jeje). 

Supongo que con el paso del tiempo llegará un momento en que los chicos reclamen su espacio personal, necesiten su propio rincón para estar tranquilos, estudiar y tener su intimidad. Quizá en ese momento si que nos venga bien tener una casa más grande pero hoy por hoy, a mí incluso me sobran metros.

martes, 13 de octubre de 2015

VEHÍCULOS PARA PADRES

Siempre me acuerdo del pobre Hugh Grant en la película “Nueve meses” resistiéndose a deshacerse de su flamante deportivo para comprar un coche más adecuado a su futuro papel de padre de familia. No cualquier coche vale cuando se tiene niños. 

El vehículo en cuestión tiene que tener las siguientes características:

  • Un nº de plazas adecuado: es evidente que un biplaza está descartado. A medida que crece el nº de hijos irremediablemente crece el tamaño del coche que puede llegar a convertirse en un momento dado en una suerte de minibús.
  • Debe contar con un mínimo de 4 puertas: ¿habéis probado a meter y/o sacar a un bebé de un coche de solo dos puertas? Hace falta ser contorsionista profesional para hacerlo sin dislocarse ninguna parte del cuerpo.
  • Debe ser espacioso por dentro, fundamentalmente para que quepan las sillas de los más pequeños que se parecen cada vez más a cápsulas espaciales.
  • Debe tener un maletero hermoso: para meter las bolsas de la compra cada vez más numerosas y cargadas, los paquetoncios de pañales, las bolsas llenas de adminículos necesarios para los niños y albergar el carrito, que por mucho que se pliegue siempre abulta un montón.

Además de la seguridad, hay otras consideraciones a tener en cuenta, mucho más superficiales pero también importantes:
  • ¿Colgamos parasoles en las ventanas para proteger a nuestros retoños del sol o las tintamos directamente?
  • ¿Lo forramos por dentro para protegerlo de vomitonas inoportunas o nos arriesgamos y no ponemos ningún protector?
  • ¿Añadimos pantallitas en los reposacabezas para que se entretengan en los viajes largos viendo dibujos o nos animamos a jugar al veo-veo con ellos durante horas?
Todas estas son disyuntivas que no nos plantearíamos de ser solteritos o no tener hijos.

Al final no nos queda más remedio que pasar por el aro y plegarnos a una serie de cosas que no elegiríamos o haríamos de tener elección. Vemos como la banda sonora de nuestros viajes se llena de canciones infantiles y nuestro coche termina distando mucho de nuestro vehículo ideal. Todo sea por ellos, su comodidad, seguridad y felicidad.

lunes, 21 de septiembre de 2015

MIS “INNEGOCIABLES”

Hay tantos tipos de paternidad como padres. Desde la educación “Prusiana” a la Crianza con Apego y la Pedagogía blanca hay infinidad de escalones intermedios. Como suele decirse “cada maestrillo tiene su librillo” y cada casa y cada familia tienen sus propias normas.

Yo me muevo entre dos aguas en estos temas pues aunque entiendo las motivaciones y necesidades de los niños, muchas veces me siento incapaz de dejarles el espacio y el tiempo que necesitan para explorar y quizá fuerzo a los míos a que se comporten como si fueran más mayores de lo que son.

Como ya he dicho otras veces, yo necesito determinado “orden y concierto” para mi tranquilidad de espíritu. He reflexionado a cerca de qué aspectos son innegociables para mí respecto a la educación de mis hijos, es decir, que lo han sido y siguen siendo y serían con otros que vinieran, si vinieren. Son temas en los que me muestro tajante y que para mí son de vital importancia y se resumen en tres puntos:

Hábitos alimentarios: más que el qué o cuánto coman que depende más bien del niño y del momento, me refiero al cómo y el cuándo. Yo he tenido suerte con los míos pues no son demasiado escrupulosos, comen de todo y no le hacen ascos a las cosas sanas como fruta y verdura pero podría acabárseme la suerte con un tercero. Creo que los hábitos alimentarios de los padres sin duda influyen en los de los hijos. Intuyo que en un elevado porcentaje de casos, cuando un niño es “especialito” con la comida es porque uno o ambos progenitores también lo es y el niño reproduce inconscientemente los comportamientos que ve en su hogar y adquiere las costumbres alimentarias de sus padres. Aunque también hay casos en los que la familia no tiene nada que ver y tampoco mucho que hacer respecto a la actitud de sus hijos con respecto a la comida. A ningún niño se le puede ni debe obligar a comer lo que no quiere. Pero lo que sí se puede hacer es establecer normas a la hora de la comida. Para mí la fundamental es que, con la salvedad de la teta que se debe dar a demanda y en cualquier lugar, comer se come sentado a la mesa. Uno se sienta, come y cuando termina se va. Nada de comer y jugar a la vez y llevar la comida a rastras por toda la casa pringándolo todo.

Disfrutando del agua.
Hábitos de higiene: a los niños no es necesario bañarles o ducharles todos los días y mucho menos usar jabón a raudales que les altera el ph de la piel y les somete a cambios de temperatura que pueden propiciar los resfriados. Pero es importante que los niños se familiaricen con el agua, que tengan contacto habitual con ella aunque sea de una manera lúdica más que por higiene. Darse un baño además de relajante es divertido pues se puede jugar en el agua durante el mismo. Nadar es también un ejercicio muy completo, por lo que acudir a la piscina a clases de matronatación es una actividad muy recomendable. Algunos niños disfrutan naturalmente mucho con el agua a otros les cuesta más. A algunos les molesta o agobia el mojarse la cara o la cabeza, también puede darles miedo o  incomodarles el chorro de la alcachofa y preferir el baño a la ducha. Creo que en estos casos no hay que desistir y dejar que el niño acumule roña. Si se insiste con tranquilidad y delicadeza el niño terminará cogiéndole el gusto al agua.

Otro tema de higiene y yo diría que también de seguridad es el corte de las uñas. A muchos niños no les gusta que les corten las uñas ni tampoco el pelo. Es cierto que pueden llegar a pasarlo mal durante el proceso pero creo que cortárselas es un “mal necesario” no solo porque acumulan muchísima suciedad que puede suponer un problema de salud pues es por ejemplo la vía de entrada de algunos parásitos, si no porque pueden ocasionar arañazos dolorosos a otros niños o incluso a ellos mismos con y sin intencionalidad.

Control agresividad: por último está el tema de la agresividad tanto con sus propios padres como con otros niños. Mis hijos no han tenido demasiadas rabietas y cuando se han enfadado no les ha dado por pegar a nadie pero si lo hubieran hecho no se lo habría permitido. Entiendo que cuando son muy pequeños no saben cómo gestionar sus emociones pero la solución no pasa ni debe pasar por volcar su frustración en forma de agresión física sobre las personas que los cuidan y más se preocupan por ellos. Que ellos se sientan mal no les da derecho a agredir a otros. Tampoco justifico diciendo que “son cosas de niños” el que peguen a otros niños para quitarles juguetes o acciones por el estilo. Mis hijos nunca tuvieron esos impulsos y me habría sentido muy mal si ese hubiese sido su “estilo relacional”. No sé qué es lo que puede hacer que un niño se comporte de manera habitual de esta manera, supongo que habrá muchos motivos, pero la edad no es para mí un “atenuante”, creo que es algo que hay que atajar cuanto antes y no adoptar una actitud permisiva porque creamos que el niño es demasiado pequeño para entender las cosas.

¿Cuáles son tus “innegociables”?




miércoles, 16 de septiembre de 2015

GENEROSIDAD PATERNA

Esta claro que la generosidad no es una virtud exclusivamente de quienes tenemos hijos. Cualquiera puede ser generoso con otras personas de muchas maneras pero no es menos cierto que a los padres se nos presentan a lo largo del día infinidad de ocasiones para poner en práctica la generosidad. Hacemos pequeños “sacrificios” por nuestros vástagos con mucha asiduidad, a veces sin ser conscientes de ello no damos importancia a esos pequeños gestos. Estos son los ejemplos de generosidad materna que yo misma he puesto en práctica en más de una ocasión:

Generosidad con la comida: las madres no sólo ponemos la mejor comida a nuestros hijos, aquella que mejor pinta tiene, si no que nos quedamos sin comer dándoles la nuestra si los niños quieren repetir y nos hemos quedado cortos con las raciones. En no pocas ocasiones ves como algo que te has preparado para ti termina en el estómago de tus hijos cuando lo ven y se encaprichan de ello. Renuncias en su favor al último trozo de pizza que tanto te apetecía o te ves directamente comiéndote los bordes a falta de otra cosa mejor. La ingesta de sobras es un deporte en el que los padres somos campeones.

Generosidad en el tiempo de ocio: no todos, pero muchos padres vemos como nuestro tiempo de ocio se convierte en el tiempo de ocio de los niños, lo usamos con ellos, para ellos y en actividades que a ellos les gustan. En la tele solo se ven dibus, al cine sólo se va a ver películas de idém, y pasamos tardes interminables en el parque sólo para que ellos puedan correr al aire libre y jugar con sus amigos mientras nosotros comemos pipas y echamos culo en un banco. Con niños no se puede disponer libre ni alegremente del tiempo pues hay alguien al que tenemos que cuidar y al que hay que tener en cuenta a la hora de hacer planes.

Generosidad en las compras: ¿quién no ha ido de compras y ha vuelto sin nada para uno mismo pero cargado con cosas para sus hijos? Cuando se tiene hijos es inevitable pasarse por la sección infantil y mirar en las ofertas si hay algo de la talla de nuestros peques que puedan necesitar o les pueda gustar. Al final el presupuesto se nos va en ellos y nosotros seguimos estirando las prendas de hace tres o cuatro temporadas.

Pero el acto generoso por excelencia para mí y el que ha inspirado este post es: ¡ESPERAR COLAS POR ELLOS PARA QUE SUBAN A ATRACCIONES! ¿A alguien se le ocurre mayor acto de generosidad? Pensé en ello mientras guardaba una cola inmensa en una atracción de una feria. Quienes no tienen hijos no pasan por este suplicio. ¿Esperar de pié, aburrido, un tiempo eterno bajo un calor asfixiante para que otra persona acceda a la atracción y se divierta en tu lugar? Si le preguntamos a cualquiera por la calle que le parece el plan probablemente contestará que va a ser que no. Pues eso y otras muchas cosas hacemos los padres a diario por nuestros hijos.

¿Alguien pone en duda la generosidad de los padres?
¿Se te ocurre algún otro ejemplo de generosidad paterna?

miércoles, 6 de mayo de 2015

¿SOY BUENA MADRE?

Como comentaba en mi entrada: MALAS MADRES, todas nos hemos visto juzgadas y condenadas por malas-madres en alguna ocasión por propios y extraños, pero ¿nosotras creemos de verdad que lo somos? Existe incluso una comunidad virtual que se auto denomina así: EL CLUB DELAS MALAS MADRES. Esta claro que ninguna somos perfectas, de manera que no somos siempre buenas madres pero tampoco somos siempre malas. Cada cual tenemos en esto de la maternidad, nuestros días buenos y nuestros días malos, nuestros puntos flacos y nuestros puntos fuertes. Algunas podemos ser más chillonas que otras, otras descuidamos la higiene infantil o tiramos de comida precocinada más habitualmente de lo que sería ideal, unas damos el pecho y otras no, unas nos tiramos al suelo a jugar con los críos mientras que otras aborrecemos hacerlo. Todo depende de cuales sean las cosas a las que damos más importancia, de cuales sean nuestras prioridades.

Recuerdo una conversación que tuve hace años en el metro con una compañera de trabajo, por entonces Ángel mi primogénito tendría 6 o 7 meses. Mi compañera también era madre de un niño más mayor, de unos 4 años. Recuerdo que me dijo algo así como que: “siempre te queda la duda de si lo estás haciendo bien”. Me preguntó si yo no sentía eso y la verdad es que en ese momento no se me pasaba por la cabeza que pudiera hacer algo distinto, algo mejor de lo que estaba haciendo con mi hijo. Yo no tenía referencias en esto de la maternidad más que lo que había vivido siendo hija de mi madre. Esta era mi única influencia, lo que hicieron conmigo, tanto para bien y quería repetir, como para mal y no quería hacer con mis hijos. Pero no tenía con quien comparar. Era la primera de mis amigas en tener hijos. No tengo apenas familia por lo que no he podido ver como mis tíos criaban y educaban a mis primos, ni como hermanos o hermanas hacían lo propio con mis sobrinos. Tampoco había investigado al respecto por lo que no fue hasta que empecé a navegar por internet en busca de explicaciones sobre el porque seguía sintiéndome mal meses después del parto, que descubrí que existían miles de maneras distintas de hacer las cosas. Fue a partir de ese momento en que empecé a cuestionárme las cosas, a cuestionárme a mi misma y me plantee por fin esa pregunta: ¿soy una buena madre? Un tiempo después empecé a hacer las cosas de manera diferente a como las había hecho hasta entonces.

Cuando solo conocemos un camino no hay lugar para la duda. Estamos tranquilos porque no tenemos que plantearnos decidir pues ya está todo decidido. Lo incomodo es tener que elegir, exponerse a equivocarse y a la crítica del entorno cuando nos salimos de lo establecido.

Leí un libro que se llamaba: “Nuestros hijos y Nosotros” que describe distintos tipos de crianza en distintas épocas y culturas. Es muy interesante ver las diferencias entre unos sistemas y otros y la explicación a estas diferencias, el porque es así y las repercusiones, lo que se persigue y lo que se consigue poniendo en práctica cada uno de ellos. Este libro ilustra como no existe un único camino y como nosotros podemos construir el nuestro propio, el que se acomode a nuestras circunstancias y nos haga sentir bien.

Creo que la clave está en eso, en intentar que todos en casa nos sintamos bien y que cuando nuestras circunstancias sean un impedimento para ello nos esforcemos en cambiarlas. Dejar de lado “lo que se ha hecho siempre” y el miedo “al que dirán” para hacer aquello que sintamos que nos hace felices y hace felices a nuestros hijos.

Ser padre/madre no es fácil, siempre lo digo. Hay que hacer equilibrios todo el día teniendo en cuenta muchos factores, hay que convivir con personas y personitas con su propia personalidad, sus necesidades y sus deseos diferentes, se producen situaciones conflictivas que muchos no sabemos solucionar, o no lo hacemos de la mejor manera. Creo que en lineas generales las madres nos esforzamos siempre por mejorar, por hacer lo que creemos que es mejor para nuestros hijos aunque a ellos no se lo parezca y nos lo hagan saber como hizo el mío pequeño al escribirme esto
Jesús haciendo sus primeros pinitos con la escritura
Suerte que siempre podré recurrir al libro del doctor José María Paricio para subirme la moral tras estas muestra de “afecto” de mi progenie.


miércoles, 15 de abril de 2015

CADA HIJO ES DIFERENTE

Ángel jugando al ajedrez

¿Que es lo que hace a cada hijo diferente y distinto a sus hermanos? Si sus padres son los mismos y el ambiente también, deberían parecerse, pero no siempre es así. Las diferencias no son sólo físicas si no también y sobre todo de carácter y personalidad. Entonces: ¿Que nos hace ser como somos?

Ángel es grande y fuerte, tiene la piel muy suave y blanca, la cabeza redonda y el pelo pinchudo. Jesús es más delgado y fibroso, tiene la piel más oscura, el pelo más fino y suave y la cabeza más alargada.

Ángel es competitivo, tiene mal perder, mucha curiosidad por todo, es un ávido lector y un estudiante muy responsable. Jesús es más cooperativo, le encantan los animales y los bebés, no le gusta jugar a guerras y le aburre bastante leer.

Ángel es precavido y temeroso y no se le dan especialmente bien los deportes. Jesús por el contrario es muy ágil y aventurero, capaz de trepar al árbol más alto.

¿Estas diferencias a que se deben? Reflexionando he encontrado los siguientes factores determinantes:

Jesús con Poly comiéndose un helado.
Su orden de aparición en la familia: no es lo mismo ser el mayor que el pequeño o el mediano. Hay estudios que ahondan en este asunto y que dicen por ejemplo que los mayores son más competitivos y los pequeños más dados a trabajar en temas artísticos o relacionados con la solidaridad social. Influye en esto la experiencia o falta de ella de los padres al enfrentarnos con la paternidad. Con el primer hijo somos unos y con el segundo hijo somos otros diferentes, hemos aprendido y nuestras prioridades han cambiado, no damos importancia a las mismas cosas y eso sin duda influye en la manera de criar/educar a nuestros hijos.

La forma de crianza: fundamentalmente si es una crianza con apego o por el contrario trata de poner distancia física y emocional con el bebé. La forma en que tratamos a nuestros hijos determina en buena parte el concepto que tienen de si mismos y su manera de relacionarse con el mundo. Los niños reproducen los comportamientos que ven. Si estamos presentes y somos empáticos y cariñosos con nuestros hijos, ellos lo serán con los demás.

Las influencias externas: me refiero a de adultos diferentes de los padres, bien sean otros familiares, cuidadores o educadores. Los contactos que tengan los niños durante los primeros años de vida inciden en su manera de ser y sus valores, por eso es importante saber como son y como piensan las personas a las que confiamos el cuidado de nuestros hijos, pues influirán tanto positiva como negativamente en ellos.

¿Se os ocurren otros motivos que expliquen las diferentes maneras de ser de vuestros hijos?

viernes, 10 de octubre de 2014

MALAS MADRES

En un breve espacio de tiempo he presenciado como distintas señoras de avanzada edad llamaban por la calle a otras mujeres a las que no conocían de nada, malas madres. Sin conocer a la mujer, a los niños, ni las circunstancias en las que se encontraban. El único denominador común era que en todos los casos las criaturas estaban llorando en ese momento.

Habrá quién dirá que no hay porque molestarse por lo que diga una desconocida sobre nosotras y nuestra maternidad, que no hay que hacer caso de estos comentarios, pero yo no puedo evitar indignarme al ver como las madres somos siempre el blanco de las críticas de unos y otros. Todo el mundo tiene una opinión, fundada o no, de cómo tenemos que actuar las madres y no dudan en meterse donde no los llaman y calificarnos de esto o de lo otro y ya de paso vaticinar las terribles consecuencias que traerán consigo esos actos para la formación y felicidad de nuestros vástagos y sus repercusiones sobre el resto de la sociedad.

Me llama la atención además que quienes critican, sean muchas veces mujeres, abuelas que a su vez son madres y que tuvieron que vivir situaciones similares hace años con sus propios hijos. Si se les da la ocasión, y a veces aunque no se les dé, te cuentan que sus hijos estaban mejor educados que los tuyos y que nunca se comportaron de una manera tan inadecuada. Y claro, la culpa siempre es de las madres que no sabemos lo que hacemos y lo hacemos todo mal. No tengo claro si el paso del tiempo ha borrado o distorsionado sus recuerdos o si directamente mienten para darse importancia. También puede ser que sus niños estuviesen tan sometidos y frustrados que se comportasen como setas en lugar de como personas pequeñas.

Los niños lloran, unos más y otros menos, los motivos son variados y a veces ni siquiera existe un motivo evidente para que lo hagan. Los padres podemos intentar consolarlos, pero a veces el llanto no cesa todo lo rápido que nos gustaría. Los primeros que queremos ver felices a nuestros hijos somos sus padres pero no siempre podemos evitarles todos los disgustos. Los niños son muy emocionales y es bueno que expresen esas emociones, tanto positivas como negativas, aunque se muestren ruidosos y puedan llegar a ser molestos a oídos de los adultos. Los padres sufrimos por partida doble, primero por ver sufrir a nuestros hijos y no disponer de herramientas para haber evitado esa situación o solucionarla, y también porque tememos molestar a quienes tenemos a nuestro alrededor, quienes clavan en nosotros miradas reprobatorias. Oír en estas circunstancias como nos acusan de malos padres, es como recibir un puñetazo en el estómago.

Me gustaría que esas personas fuesen más empáticas tanto con nosotros como con los pequeños, que mostrasen más respeto y educación, y que si siguen teniendo esa opinión, se guarden sus comentarios o los hagan cuando no tengamos la posibilidad de oírles.

viernes, 18 de julio de 2014

ENTRETENER A NUESTROS HIJOS ¿SI O NO?

Hace unas semanas leí esta entrada de un blogEstoy de acuerdo, en parte, con lo que quiere transmitir este texto, pero con condicionantes. En lo que falla la argumentación es en no tener en cuenta las circunstancias actuales de la crianza de los niños. Cada vez hay más niños únicos, o que tienen como máximo un hermano con el que jugar. Niños que viven en ciudades y que no pueden salir solos a la calle porque no se dan las condiciones adecuadas de seguridad. Son niños que viven en apartamentos pequeños con poco espacio para desfogarse físicamente. Niños que tienen a sus amigos del cole y su familia: sus abuelos, tíos y primos (si es que tienen la suerte de tenerlos) lejos de ellos y que evidentemente terminan aburriéndose y reclamando la atención de sus padres. Ya lo he dicho en más de una ocasión, pretender que un niño se entretenga mucho rato solo no es realista, por mucha imaginación que este tenga.

Las niñas quizá por serlo o condicionadas por la educación, suelen tender a juegos más tranquilos que pueden desarrollar en casa. Sin embargo, los chicos, y lo digo por experiencia, necesitan aire libre, necesitan actividad física y las cuatro paredes de su casa en las tardes frías y oscuras de invierno se les caen encima. Algo hay que hacer para pasar el rato. Juegan entre ellos, pero tienen muy vistos sus juguetes y sobre todo se tienen muy vistos el uno al otro. Necesitan socializarse, y el tipo de vida que llevamos actualmente no se lo pone fácil. Por eso yo no reniego de la tele o los videojuegos. Creo que usados con moderación son una herramienta muy útil dadas las circunstancias. Vienen a sustituir la libertad de movimientos de otras épocas, la vida antigua en los pueblos que era mucho más abierta y sociable que la actual y que brindaba muchas más posibilidades de entretenimiento para los niños.

 Pero una vez agotado el tiempo de las pantallas ¿Qué hacer? No me parece mal que los padres planeemos alguna actividad con los niños. De hecho hay muchas cosas que poder hacer en casa con ellos, que no se practican en el colegio y es importante que aprendan, tales como cocinar o limpiar, y porque no, también se puede hacer alguna manualidad chula con la que poder aprender empíricamente algo relacionado con la ciencia.

 Yo no soy demasiado niñera, no me gusta jugar, y sinceramente me agobio cuando mis hijos me reclaman para ello. Les suelo decir que soy su madre, no un payaso que los entretiene. Pero reconozco que los niños necesitan tener compañía, socializarse, y muchas veces las únicas personas cercanas y disponibles para relacionarse con ellos actualmente son sus propios padres.

La función del juego es múltiple, no sirve sólo para pasar el rato, si no fundamentalmente para aprender en muchos sentidos, sobre todo a relacionarse con los demás. Un niño sólo en su habitación, es un niño que no molesta, pero que no está aprovechando las oportunidades que le brinda la vida.

Estoy de acuerdo en que no es necesario planificar obligatoriamente una actividad frenética diaria dirigida por los adultos para mantenerlos ocupados. Estoy de acuerdo en que tampoco es bueno aunque se pueda, suministrarles cientos de cosas materiales para que pasen el rato. Pero tampoco podemos pretender que se las apañen solos todo el día. Mantener los dos mundos, el infantil y el adulto totalmente separados siempre, quizá sea cómodo para los adultos, pero no es bueno para el desarrollo de los niños.

Ellos no pueden ponerse a nuestro nivel, pero nosotros podemos ponernos al suyo y hacer cosas con ellos, cosas que a ellos les gusten, dedicarles tiempo y atención, aunque sea a costa de tener que empuñar unas tijeras y recortar cartulinas de colores. Tampoco se nos van a caer los anillos por hacerlo de vez en cuando. Si que creo que es nuestro deber proporcionar experiencias a nuestros hijos. No tienen que ser muy caras o sofisticadas, pero si que les sirvan para conocer el mundo.

¡DIOS MIO, DAME PACIENCIA!



“La paciencia es la MADRE de la ciencia”, o al menos eso dicen. Me planteo si la frase en realidad no será esta otra: “La paciencia es la ciencia de la MADRE”. Porque cuando se es madre, se gasta mucho de esa virtud o se adquiere si antes no se poseía. No queda otra.

Existe además un gran desequilibrio en las relaciones padres-hijos, pues mientras los padres debemos de cultivar esta virtud, los niños carecen absolutamente de ella. Cuando un bebé quiere comer, quiere comer ya. Cuando un niño quiere que lo cojan, quiere que lo cojan ya. Cuando desean un juguete o cualquier otra cosa lo quieren como suele decirse para ayer.

Como dije en mi post anterior, los niños son muy monos y los queremos mucho, pero las cosas como son, hay cosas que los caracterizan y que pueden sacarnos de nuestras casillas a los adultos. Unas de ellas son lo que yo llamo “las tres íes”: son impacientes, insistentes, e inoportunos.

El ejemplo más claro es el de “el pis”. Vas a salir a la calle, les avisas de que vamos a irnos y les sugieres que si quieren ir al baño este es el momento oportuno. Te dicen que no tienen ganas. Quizá es verdad o quizá están tan enfrascados en su mundo, en lo que están haciendo en ese momento, que no les apetece dejarlo para ir al vater. Tú repites la sugerencia. Ellos la rechazan de nuevo o directamente te ignoran. ¿Qué ocurre después? Pues que en el sitio y el momento más inoportuno (probablemente estás en la cola del supermercado pagando o algo así) te dicen que se hacen pis, e insisten en que no pueden esperar porque se lo hacen encima… y tienes que dejarlo todo y salir corriendo en busca del baño en cuestión. Da igual que refunfuñes, que digas que ya se lo advertiste, volverá a ocurrir… Y no hablo de bebés que no controlen esfínteres, hablo de mozalbetes que van camino de la pubertad. Como éste podría citar miles de ejemplos.

¿Que podemos hacer los padres ante este tipo de cosas? Nada. Asumirlas como habituales y ya está. Enfadarse no hace más que provocar que todo el mundo pase un mal rato y no consigue evitar que se produzcan.

Una de las lecciones que aprendemos los padres más rápidamente es que es imposible tener el control absoluto de todo lo que pasa. Cada miembro que se une a la familia añade inestabilidad al conjunto. Cada cual tiene su personalidad y sus peculiaridades. Cada etapa tiene sus ritmos y sus necesidades, diferentes a las de las demás. Cada cual tiene sus intereses, sus deseos y sus expectativas que no tienen porque coincidir con las de los otros, de hecho es bastante difícil que lo hagan. Combinar todo esto es responsabilidad de los padres y puede ser una importante fuente de estrés. Quizá una buena estrategia sea tomárselo con sentido del humor. Si nos ponemos siempre en lo peor, y no tenemos expectativas demasiado altas, no nos sorprenderemos excesiva ni negativamente cuando por ejemplo se les escape la caca y no tengamos ropa de repuesto o derramen sin querer un vaso de zumo inmediatamente después de que hayamos fregado la cocina, o se empeñen en comer justo el tipo de galletas que se han terminado. Asumir con deportividad tanto nuestros fallos como los suyos hará la vida de todos más ligera y fácil de llevar. Además, si eres paciente con tus hijos, ellos aprenderán también a serlo, tanto contigo, como con el resto del mundo y sin duda serán mucho más felices.

MATERNIDAD FÁCIL, CON AYUDA.



Los queremos porque son nuestros hijos, los hemos creado y probablemente se parecen en algo a nosotros. Los queremos porque están hechos para ser queridos, protegidos y cuidados. Son pequeños e indefensos. Para ellos lo somos todo, somos su mundo conocido y lo que garantiza su supervivencia. Por eso están diseñados para despertar nuestra ternura; tan pequeños, redonditos, blanditos y suaves. Con ese olor tan dulce. Tan calentitos. Nos miran con esos ojos grandes y redondos de kilométricas pestañas. Nos agarran con sus manos de diminutos dedos y aún más diminutas uñas. ¿Cómo no vamos a morirnos de amor por ellos?

Pero a pesar de ese amor, la maternidad no siempre es fácil. Hay muchos factores que influyen en como nos sentimos y como actuamos frente a nuestro bebé.

No nos comportaremos igual si hemos recibido cariño y atención de niños, que si fuimos ignorados o en el peor de los casos maltratados. Existe una tendencia clara a reproducir los patrones de nuestra infancia de manera inconsciente. No siempre ocurre así, pero es bueno tener presente que como padres, aunque seamos primerizos, no somos una tabula rasa. Somos más bien una pizarra en la que hace mucho alguien escribió pero cuyos trazos no han sido del todo eliminados por el borrador del paso del tiempo. Esos trazos son apenas perceptibles, pero están ahí.

También influye el hecho de estar, o mas bien sentirse o no acompañada en la maternidad, tanto física como emocionalmente. Si una mujer pasa la mayor parte del día y la noche a solas con su bebé, el cansancio y el hastío puede apoderarse silenciosamente de ella. Aunque nos ocupemos personalmente de nuestro bebé por decisión propia y nos guste hacerlo, disfrutar de compañía y apoyo es fundamental para nuestro estado de ánimo. Tener con quien charlar, sea o no de temas relacionados con el bebé, alguien en quien confiar que nos tienda desinteresadamente su mano y sus amorosos brazos para sostener al niño mientras nosotras simplemente gozamos de una buena ducha caliente, es algo fundamental cuando se tiene un bebé.

Si perdemos la paciencia en un momento determinado, conviene reflexionar a cerca del motivo que nos lleva a perder los nervios. ¿Es objetivamente tan grave eso que ocurre para que explotemos de esa manera? ¿Recordamos si nuestros padres perdían los papeles con nosotros en similares circunstancias? ¿O es simplemente que estamos cansadas y necesitamos desconectar, o recibir cariño, de ese mismo del que nuestro bebé es ahora plenamente receptor?

No debemos olvidar nunca que esa criatura que tenemos delante es siempre una criatura inocente pero sabia, que sólo pide lo que necesita. Para que la convivencia con el nuevo miembro de la familia sea más fácil, no hay mejor cosa que aprender de ella, seguir su ejemplo y pedir ayuda, del tipo que sea, cuando sintamos que la necesitamos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

LA MATERNIDAD, UNA OPORTUNIDAD PARA REINVENTARNOS

Aunque no lo parezca, vivimos en una sociedad muy rígida, y no somos conscientes de lo cuadriculado de nuestra mente y manera de hacer las cosas, hasta que nos topamos con el caos que rodea a un recién nacido. A veces esa misma rigidez, es lo que nos impide ver, lo inflexible de nuestros planteamientos.

Los adultos, por lo general, estamos acostumbrados a un determinado orden, que nos proporciona seguridad, pero que al mismo tiempo, nos resta flexibilidad para adaptarnos a las necesidades y ritmos de nuestro bebé. Cuando nos encontramos con la realidad de la maternidad, se produce un choque entre lo que es, y lo que nos gustaría que fuese, o creíamos que sería.
En nuestro empeño por abarcarlo todo y que ese todo siga un ritmo predecible, un esquema predeterminado a priori, nos exigimos demasiado a nosotros mismos, y exigimos imposibles a nuestros hijos, complicando innecesariamente la crianza y la organización de la vida familiar, y lo que es peor, perdiendo energía y alegría en el camino.

Una de las cosas positivas que se puede sacar de la experiencia maternal, es precisamente, poder llegar a relajarse y relativizar, dejando de darle importancia a cosas que realmente no la tienen. Creo que cuando nos conectamos de verdad con nuestros bebés, - y la lactancia favorece enormemente esa conexión -, dejamos de lado muchas cosas que antes considerábamos imprescindibles, para centrarnos en lo fundamental.

Si dejamos a un lado las costumbres y las modas, podemos descubrir que no necesitamos un montón de las cosas, que parece que están asociadas irremediablemente a los bebes, o  al menos, que no es obligatorio tenerlas. No necesitamos cuna (el bebé puede dormir con nosotros y de hecho demuestra activamente querer hacerlo), ni carro (el bebé prefiere estar en brazos y ser porteado), ni hacer purés (al bebé le encanta comer comida de verdad, de la de mayores, de la que comen sus papás, y comerla a mordiscos, experimentando con ella, tocándola con sus propios deditos), ni comprar cereales en la farmacia (podemos darle trocitos de pan, arroz o maíz cocido, unos cuantos macarrones aplastados…), ni chupete porque para que el bebé succione, ya están nuestros pezones, etc. Todo es más simple de lo que nos han hecho creer, y también mucho más barato.

Descubrimos que los horarios no son la ley, que podemos tener los nuestros propios, aunque no coincidan con los de los demás. E incluso podemos saltárnoslos y variarlos de vez en cuando, si eso nos hace la vida más fácil. Que lo importante de comer, es disfrutar haciéndolo y estar bien alimentado, independientemente de la periodicidad con la que comamos, pues las cuatro comidas diarias (desayuno, comida, merienda y cena), y eso de que picar entre horas es perjudicial, son solo convenciones sociales creadas por y para adultos, pero que no son aplicables a los niños.

Descubrimos que eso de que los niños deben dormir solos, por lo menos 8 horas, y del tirón, es una falacia, y que tener esa expectativa irreal, solo conseguirá frustrarnos y preguntarnos a nosotros mismos erróneamente que estamos haciendo mal. Que al igual que con la comida, dormir es una necesidad y un placer, que debemos poder realizar cuando lo necesitemos, y cada cual tenemos unas necesidades diferentes al respecto.

Descubrimos que no hace falta tener todos los días la casa como los chorros del oro, - aunque en la de nuestra madre se puedan comer sopas directamente del suelo- y que no se acaba el mundo porque no limpiemos los cristales o no hagamos algún- o varios días- la cama. Nos damos cuenta de que el niño no quiere distancia si no presencia, estar con quien le cuida y le protege, a quien quiere y de quien aprende. Que es feliz estando con sus seres queridos y le importa un bledo cuando fue la última vez que limpiamos el polvo, o que tengamos 5 kilos de ropa para planchar.

Descubrimos que no hace falta bañarlos todos lo días, pues a penas se ensucian y no huelen mal. Que es imposible que vayan siempre con la ropa limpia, y que como mejor están, es con ropa cómoda, que les permita moverse y jugar libremente. Que cuando son un poco mayores, rompen con una facilidad pasmosa, zapatillas y pantalones por la rodilla, por lo que no merece la pena, gastarse demasiado dinero en la ropa.

La maternidad nos enseña que el tiempo pasa y las cosas cambian, que nada dura para siempre. Que existen fases y etapas distinta que terminan, dando paso a otras nuevas, que nos enfrentan a nuevos retos y nos brindan nuevas alegrías. La maternidad es crecimiento y evolución, es movimiento y sorpresa, y nos obliga a estar continuamente adaptándonos.

Al menos, estas son las cosas que descubierto yo, y que podrían resumirse en que los bebés y los niños en general, en lugar de cosas materiales y hábitos, necesitan nuestro tiempo y contacto, y que muchas de las prácticas que usaron nuestros padres en nuestra crianza y que aún  siguen recomendándose hoy en día, no son las más adecuadas para conseguir niños felices. Que para criar es importante seguir el instinto y los dictados del corazón.

Por eso convertirnos en padres nos brinda la oportunidad, de eliminar de nuestra mente y nuestra vida, las rigideces que no nos permiten fluir, y nos encarcelan en el corsé de lo que se supone que debemos hacer, porque es lo habitual a nuestro alrededor, o lo que se ha hecho siempre. Cada nuevo nacimiento nos permite redescubrirnos, reinventarnos y reinventar nuestra realidad. Nos permite ver con nuevos ojos y una mayor consciencia, que no existe un solo camino, si no muchos entre los que podemos elegir, y que podemos concedernos a nosotros mismos, la libertad, para construir el que queremos transitar.

martes, 20 de diciembre de 2011

CON OXITOCINA CRIAR ES MÁS FÁCIL


Criar a un niño y acompañarle en su crecimiento y conocimiento del mundo no es fácil. Sobre todo ahora que la sociedad en general no ayuda y muchas veces el entorno más cercano tampoco. Las madres actuales tenemos muy pocas referencias válidas a nuestro alrededor sobre como hacer las cosas, nadie nos enseña y los consejos bienintencionados muchas veces están equivocados, porque la mayoría tratan de facilitar la vida al adulto ignorando las necesidades genuinas de los niños.
Pocas son las mujeres para las que esta tarea es siempre gratificante, conozcan la respuesta a todas las preguntas y no haya días en que estar con sus hijos se les haga cuesta arriba. La relación con los hijos no siempre es fácil a pesar de quererlos con locura y estar dispuestas a dar nuestra vida por ellos. Esta relación depende de muchos factores. Estos son algunos que se me ocurren a mí:
- En primer lugar están los caracteres: creo firmemente en que desde que nacemos ya somos “nosotros” de alguna manera, un ser especial y diferente al resto, con nuestra manera de ser, que luego irá modelándose por la relación que tengamos con el resto del mundo. No todos los niños son iguales -aunque sus necesidades si sean las mismas-, ni todas las madres tampoco, y las diferencias o las “excesivas semejanzas” entre unos y otros pueden hacer que la relación no siempre fluya con facilidad.
- También influyen las circunstancias en las que ese bebé se gestó: no es lo mismo quedarse embarazada buscándolo que de penalti, hacerlo con el apoyo de la pareja que sin él, en medio de una crisis personal y/o económica o en tiempos de tranquilidad y bonanza…
- El orden de aparición en escena también cuenta. Tampoco será igual la relación con el primogénito, que con el segundo o el tercero si los hubiere. Las personas vamos cambiando con el tiempo, nuestras circunstancias también y eso afecta a como nos sentimos y nos relacionamos con los demás. El primer hijo suele ser el conejillo de indias de nuestra formación como madres. Con ellos aprendemos y con ellos inevitablemente solemos cometer más errores. Los que vienen después se benefician de la experiencia acumulada gracias a su hermano mayor. La culpa por no haber sabido hacer las cosas mejor con ellos, puede instalarse en medio de la relación y ser un lastre de por vida.
- Y lo que la sociedad no sabe, ni tampoco parece tener interés en conocer es como influye tener un buen parto y una lactancia exitosa en la crianza de los bebés.
La oxitocina, denominada la hormona del amor, está presente en actos fisiológicos relacionados con el placer, como la comida y los orgasmos. Es fundamental en el parto para que se produzca la dilatación y las contracciones y también está relacionada con la lactancia. Estos dos últimos: parto y lactancia si son vividos de manera tranquila pueden ser experimentados de forma muy placentera. La oxitocina está íntimamente ligada a las endorfinas. Cuando fluye por el corriente sanguíneo de la mujer, ésta se encuentra en un estado de placidez. Esta hormona produce efectos en su cerebro, la lleva a estar más atenta, más dispuesta y de mejor ánimo.
Por eso no es igual de fácil criar a un niño con oxitocina que sin ella.
Cuando la oxitocina natural ha estado presente en el parto y ha cumplido su función se produce un enamoramiento automático entre la madre y su bebé nada más conocerse. Y después durante la lactancia, la oxitocina “recompensa” a la madre por los esfuerzos que realiza para cuidar de su cría.
Por poner un ejemplo: que te despierten varias veces por la noche, -aunque sea tu propio hijo y lo haga por necesidad y sin afán de fastidiarte-, no es nada agradable, pero se soporta mejor gracias al chute de oxitocina que recibimos al amamantarlo. La oxitocina nos da un aporte extra de energía y paciencia para sobrevivir al estrés que suponen los primeros meses de vida del bebé. Es un mecanismo natural para garantizar la supervivencia de la especie, es una gratificación inmediata y física que nos disuade de abandonar a nuestra criatura al tercer día de no haber pegado ojo. Inconscientemente asociamos a esa pequeña criatura con una sensación placentera y somos capaces de seguir adelante gracias a la fuerza que nos infunde nuestra naturaleza mamífera. Sin la oxitocina, sólo disponemos de nuestra fuerza de voluntad y nuestro talante para enfrentarnos a la crianza y a veces con esto no es suficiente para poder darnos completamente sin sentirnos sobrepasadas.
Las madres que hemos tenido varias experiencias distintas de maternidad, con y sin oxitocina de por medio, solemos coincidir en que nos es más fácil relacionarnos con aquellos de nuestros niños que han sido criados con la ayuda de esta hormona.
En el parque, a la salida del colegio, en la consulta del médico…en aquellos sitios donde las madres solemos coincidir siempre hay mujeres nerviosas, enfadadas, regañando a sus hijos, quejándose de que no saben que hacer con ellos, de que están agotadas,… y yo me pregunto: ¿es esto normal?, ¿no debería ser la maternidad algo más fácil y placentero?
En esta sociedad de partos mecanizados y lactancias artificiales, la oxitocina parece estar en peligro de extinción. Por imposición o voluntad propia desaprovechamos esta arma gratuita y tan útil para hacernos más fácil nuestra nueva vida como madres.
Desde aquí os animo a probar esta droga natural y sin efectos secundarios, que nos hace más agradable la tarea de cuidar a nuestros bebés.