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martes, 21 de marzo de 2017

LITROS Y LITROS DE AMOR

Hemos leído el libro de Obstare “Litros y litros de amor, que parte de la premisa de que “con la llegada de un hermanito, a veces necesitamos recordar o que nos recuerden lo amados que somos y todo el afecto que hemos recibido”.




Pienso que aunque no vaya a llegar nunca ese otro hermanito pequeño que pueda robarnos parte del protagonismo, el tiempo y atención de los padres que antes disfrutábamos de manera exclusiva, siempre es bonito que nos cuenten cosas de nuestra infancia. Al menos, a mi me encanta contarles anécdotas de cuando eran pequeños, ver y enseñarles fotos y vídeos de ese tiempo, que nunca volverá, pero que recuerdo con tanta ternura. Yo a veces me paso de abuela cebolleta, en esa vuelta al pasado del que siento añoranza.

Quizá no todas las historias de la infancia sean tan idílicas como la que muestra el cuento. Por ejemplo, no todas las mujeres hemos amamantado a nuestros bebés, a veces a nuestro pesar. Siempre digo que los hermanos mayores pagan el pato de la inexperiencia de los padres, que cometemos errores en su crianza, de los que aprendemos y evitamos con posterioridad. Como suele decirse, hacemos lo mejor que podemos con lo que sabemos, pero ante todo, nos preocupamos siempre por su bienestar y felicidad.

He leído el libro con mi segundo hijo, Jesús. Empezó a leer él y a la mitad del libro le tome el relevo. Fue casualidad que coincidiera que la primera parte está narrada por la hija y la segunda por su madre, que cuentan la misma historia, cada una desde su perspectiva. No lo sabíamos, así que fue una feliz coincidencia.
Le han gustado mucho las ilustraciones, sobre todo los pelos ensortijados de los protagonistas y las montañas de las que brotaba el “néctar de la vida”.

El texto es muy poético: “…Pasé de habitarte por dentro a cobijarme en ti…”, e introduce de una manera muy natural la lactancia materna, el colecho o el porteo, como parte de una crianza cercana y amorosa.

Es inevitable, se hacen mayores. Dejan de mamar, de dormir con nosotros, etc. en definitiva, dejan poco a poco de necesitarnos tanto. Y a medida que crecen, olvidan esos primeros años de su infancia (Jesús se acuerda de que mamaba, solo por las fotografías, y eso que lo hizo hasta los 4 años y medio…). Por eso, es bonito recordar juntos y hacerles saber que “por mucho que las cosas cambien siempre tendrán un gran lugar en nuestro corazón”.

¡SORTEO!


Obstare sortea dos ejemplares de este libro, entre los lectores de este post, solo tenéis que cumplir estos tres requisitos:
  1. Compartir el sorteo de manera pública en Facebook.
  2. Entrar en el post y dejar un comentario.
  3. Dar Me gusta a las páginas de De Profesión Mami y Editorial Obstare.

  • El sorteo tendrá lugar el martes 28 de Marzo a las 23:59 horas y se realizará mediante la herramienta Sortea2.
  • Me pondré en contacto con los dos ganadores mediante un mensaje privado a través de Facebook para que me facilitéis vuestros datos para el envío. Si una vez remitido el mensaje no obtengo respuesta en un plazo de 48 horas (desde el envío del mensaje), volveré a celebrar el sorteo de ese regalo.
  • El envío lo realizará directamente la editorial a los ganadores.


¡Suerte!

lunes, 8 de agosto de 2016

YO TAMBIÉN SOY VICTORIA BECKHAM

El mes pasado andaba yo por Santander de vacaciones, bastante desconectada, por lo que me perdí la “polémica” del beso de Victoria Beckham a su hija en la boca.

Solo se me ocurre decir: ¿en serio? ¿De verdad hay alguien que se asombra, espanta, indigna o asusta porque una madre le dé un beso a su hijo en la boca? 

Nunca pensé que llegaría a decir esto, pero ahí va: 

"¡Yo también soy Victoria Beckham!”


No tengo su tipin, ni su marido, ni sus millones, pero me solidarizo con ella porque yo también beso a mis hijos en la boca. ¡ANATEMA! Como diría el gran Gran Wyoming.

En honor a la verdad, he de decir, que en realidad no les beso a los dos, solo al pequeño que es el que se deja, pues el mayor siempre ha sido muy escrupuloso, no solo con los besos, si no con todo.

De nuevo en honor a la verdad, he de decir, que a veces no soy yo la que besa, si no que soy yo la besada. ¡ANATEMA AGAIN!

Y no veáis como disfruto. ¡Me encanta!


Muero de amor cada vez que mi niño pasa por mi lado y me da o me pide un beso. 

Muero de amor cuando se acerca a mi aposta solo para que nos besemos. 

Esos besos son un acto de amor y complicidad entre ambos que no cambio por nada.

Demuestran que tenemos mucha confianza, que nos une un bonito e íntimo vínculo.


Somos dos personas que nos queremos. Dos personas sanas sin enfermedades infecciosas que nos podamos contagiar. Sus babas no me dan asco, y al parecer a él tampoco le dan asco las mías. ¿Dónde está el problema?

También nos damos besos “normales” en la mejilla, en la frente, en la nariz, en el cuello… ¿o es que en el cuello tampoco se puede? Como decían en Los Serrano, hay muchos por ahí que tienen la mirada muy sucia.

Y ¿sabéis qué? que besa genial. Da unos besos la mar de sabrosos. Sin duda sus novias serán muy afortunadas de poder recibirlos. 

Sé que llegará un día en que ya no le apetezca darme este tipo de besos y los echaré mucho de menos porque me hacen sentirme especial y muy querida.


Quien no haya recibido nunca un beso de estos,
no sabe lo que se pierde.

Estos son besos de verdad y lo demás es tontería.

lunes, 4 de abril de 2016

DE POSICIONAMIENTOS Y SECTARISMOS EN LA PATERNIDAD

Esto es lo que pone en la wikipedia sobre lo que es una SECTA.

Una secta es el conjunto de seguidores de una doctrina religiosa o ideológica concreta. El término se usaba originalmente solo para aludir a partidos o comunidades de personas con afinidades comunes (culturales, religiosas, políticas, esotéricas, etc.), que a través de sus enseñanzas o ritos se diferenciaban de otros grupos sociales. Solo posteriormente adoptó el sentido secundario de «herejía», o creencia y grupo disidente que se separa de su fuente original, o que discrepa de las religiones mayoritarias, casi siempre con connotaciones peyorativas. Luego, en los años ochenta se define el concepto de "nuevos movimientos religiosos" para diferenciarlos del concepto negativo popular de "sectas", y evitar así la persecución de las minorías. Actualmente aún hay preocupación entre las autoridades civiles frente a los grupos sectarios auténticamente peligrosos, por lo que se ha sugerido el concepto de «sectas destructivas».

De esto lo que yo deduzco es que quienes utilizan la palabra secta para referirse a los partidarios de: Parto en Casa, Lactancia Materna, Colecho, Crianza Natural, etc., lo que están tratando de poner de manifiesto es que estas personas, no son, no somos, ovejitas dentro de un redil. Que hemos hecho o estamos haciendo las cosas de manera diferente a la “habitual”. Que actualmente -y de momento- somos una minoría los que discrepamos ante lo que hace todo el mundo y la mayoría considera normal.

Pues mira sí, en ese sentido somos una secta, porque no consideramos que sea normal ni bueno, que te maltraten y te rajen para poder parir, porque no consideramos que sea normal ni bueno que los bebés tomen leche de vaca antes que leche humana o sea de su propia especie, porque no consideramos que sea normal ni bueno que los niños duerman solos en otra habitación pudiendo dormir con nosotros, etc. Si para dejar de ser calificados de sectarios tenemos que pasar por todos estos aros, preferimos, al menos yo prefiero, seguir siendo calificada así.

Pero lo que me gustaría analizar es el porqué del uso peyorativo de esa palabra para referirse a estas personas que piensan, sienten y actúan diferente a ti. ¿Qué te lleva a usar la palabra secta, a utilizar el término sectario con el objetivo de agredir a otra persona?

Mi opinión es que da vértigo y duele. Da vértigo pensar que pudiste hacer algo diferente, algo mejor. Que podrías estar haciéndolo y no lo haces, vete tú a saber porqué. Duele pensar que a lo mejor te equivocaste, a lo mejor no tomaste la mejor decisión, a lo mejor no lo intentaste lo suficiente. Y descargas tu miedo y tu frustración en quienes te muestran esas otras opciones, que estaban a tu alcance y que quizá desdeñaste por falta de información, por falta de valor o por falta de fuerza de voluntad.

Porque cada decisión que tomamos es un reflejo de quiénes somos y de lo que consideramos más importante. A veces lo que más nos importa somos nosotros mismos, nuestra comodidad y nuestro bienestar, ser uno más, ser como todos, no sentirnos juzgados ni rechazados por el entorno. Es más fácil seguir la corriente que sentarnos a reflexionar y tomar decisiones conscientes.

Si por algo se caracterizan los partidarios de la crianza natural es por usar la lógica, razonamientos y estudios científicos serios para respaldar sus opiniones. Del otro lado solo veo malos modos y faltas de respeto. Dijo  Gandhi: “No hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra”. Si necesitas desprestigiar y ridiculizar al “otro” para hacer valer tu posición, solo demuestras que tu posición es débil, endeble.

Si todos bajáramos al mismo nivel, podríamos empezar a hablar de las sectas de la cesárea, de la lactancia artificial, o de Estivill, porque defensores de estos asuntos los hay y también muy vehementes, aunque carentes casi siempre de argumentos de peso. Pero no se suele calificar de sectarias a estas personas, porque son muchas, pero sobre todo porque no son peligrosas.

Lo peligroso es demostrar con la experiencia que las mujeres sanas en su mayoría no necesitan hospitales para parir. Lo peligroso es demostrar que los niños pueden crecer sanos y hermosos a base de teta sin recurrir a leche en polvo. Lo peligroso es criar niños apegados a sus padres, independientes y con carácter que se revelen ante las injusticias. Porque somos peligrosos nos catalogas de sectarios. Porque si todo el mundo empezara a pensar como nosotros, dejaríamos de ser una secta minoritaria, y los negocios de muchos se verían afectados: desde las farmacéuticas hasta los fabricantes de cunas y colchones. 

Tú que hablas con desprecio de otras formas de ejercer la paternidad, estás actuando sin saberlo como un títere en manos de poderes fácticos que quieren que no seamos dueños de nuestros cuerpos y nuestras vidas, que quieren que alejemos a nuestros hijos de nosotros para así controlarles pronto a ellos también.


Pero aún estás a tiempo de cambiar y cambiar las cosas, porque ¿sabes qué? la nuestra es una secta abierta y puedes entrar en ella cuando quieras.

lunes, 4 de mayo de 2015

LO QUE HICE CON EL PRIMERO QUE NO HICE CON EL SEGUNDO Y VICEVERSA

Los primogénitos son conejillos de indias. Cuando nos estrenamos como padres es lógico que cometamos con ellos algún que otro error de novatos. Con el segundo hijo ya tenemos experiencia y todo va más rodado. En mi caso particular cuento por varias decenas las cosas que no hice bien con Ángel o que podría haber hecho mucho mejor. De vez en cuando hablo con él de ello, le intento explicar que los padres somos humanos, que no lo sabemos todo y que como cualquiera nos podemos equivocar. No sé si a él le convence esta explicación pero es la realidad. Cuando vamos a convertirnos en padres no sabemos de la misa la mitad a cerca de lo que es un niño y lo que implica la paternidad, no suele haber a nuestro alrededor quien nos sepa orientar y aunque lo haya, estamos demasiado verdes y en la inopia como para escuchar atentamente lo que nos cuentan e interiorizarlo. Luego, con el niño en brazos, nos encontramos con una realidad muy distinta a la que imaginábamos y salimos del paso como podemos, a base de prueba y error.

Resumiendo mucho estas son las cosas que hice con mi primer hijo que no hice con el segundo o al revés. En primer lugar durante el embarazo de Ángel fui a clases de preparación al parto, pero no estaba nada preparada para el parto. Con Jesús pasé de las clases y me forme por mi cuenta, leyendo mucho y participando en las listas abiertas de El Parto es Nuestro. La diferencia entre ambos partos fue abismal, el primero hospitalario, intervenido y traumático, el segundo domiciliario, respetado y bonito de recordar. Tras el nacimiento de Ángel me quedé rota física y emocionalmente, tras nacer Jesús estaba fuerte y radiante.

Las dificultades que atravesamos Ángel y yo durante sus primeros días de vida dieron al traste con la lactancia materna, todo se nos puso muy difícil y yo no tenía conocimientos, apoyos, ni fuerzas para salvarla. Con Jesús también tuve algún que otro contratiempo pero conseguimos superarlo a base de constancia y fuerza de voluntad. La información y la ayuda y consejos de otras mujeres-madre fue la clave, lo que marcó la diferencia entre una experiencia y otra.

Respecto a la crianza, está claro que yo entré en la maternidad dentro de Matrix. No tenía ni idea de lo que necesitan y piden los niños y me chocaron muchas cosas: ¿no se supone que los bebés duermen durante todo el día? ¿por qué entonces el mío se pasa todo el día llorando? ¿por qué parece profundamente dormido pero se despierta automáticamente cuando lo dejo en la cuna? ¿por qué no puedo ir ni siquiera a hacer pis con un poco de tranquilidad? No, no estaba preparada para cuidar a un recién nacido y me pasaba el día agobiada, pensando que tenía un niño muy demandante cuando era en realidad un niño normal que me necesitaba a su lado todo el día, como lo necesitan todos, nada más.

Con Ángel compré una cuna que si utilizó, aunque la mayor parte de los días terminaba dormido encima de su padre o en la cama con él. No conocía el mundo del porteo así que nunca lo portee, aunque me habría sido muy difícil hacerlo porque era un niño excesivamente grande y pesado. Seguí al pié de la letra las indicaciones del pediatra a cerca de su alimentación, le alimentaba a base de purés caseros, potitos, cereales y leche en polvo. Nos gastamos una fortuna en esa época en la farmacia, a parte de en alimentación también en medicinas pues Ángel fue a la guardería desde los 5 meses y se ponía malo cada dos por tres. En ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de pedir una excedencia. No lo llevaba demasiado en brazos pues habían calado en mí los consejos y advertencias que me hacía todo el mundo a mi alrededor sobre que se mal-acostumbraría a ello. Le bañábamos todos los días hiciera frío o calor, estuviera sucio o no.

En cuánto supe que estaba embarazada de nuevo, desmontamos y guardamos la cuna y la sustituimos por una cama “de mayor” para Ángel. Jesús siempre ha dormido conmigo, ha tomado teta hasta los 4 años y medio y nunca quiso el chupete (que Ángel usó hasta los tres años). Odiaba el carrito y lo portee hasta el año en que ya sabía caminar e iba andando a todos los sitios. Abandonamos la rutina del baño diario y dejamos de usar la bañera de bebés, simplemente llenábamos la bañera para el mayor y remojábamos en ella al pequeño al mismo tiempo. Jesús no pisó una guardería hasta los 9 meses y lo hizo sólo durante 9 meses y unas pocas horas al día. Nunca le di cereales en polvo y la factura de la farmacia disminuyó considerablemente.

La crianza de cada uno no ha podido ser más diferente, mi disposición hacia Ángel no era buena, mi respuesta a sus reclamos no fue empática y en parte debido a ello puedan explicarse las diferencias en las formas de ser de cada uno. En contra de lo que vaticinaban algunos, Jesús es un niño muy independiente, cariñoso y mucho más maduro que su hermano en algunas ocasiones. La relación que tengo con Jesús es mucho más cercana y profunda que la que tengo con Ángel, sin duda tiene mucho que ver la forma en que me relacioné con él durante los primeros años de su vida.

La crianza de mi segundo hijo fue mucho más consciente y satisfactoria que la del primero. A pesar de que recayó en mi casi todo el peso de su cuidado, tanto de día como de noche, debido a que le daba el pecho mientras mi marido se encargaba de Ángel y todo lo demás, sin embargo no estuve tan agobiada como la vez anterior. Sabía lo que necesitaba mi hijo, me sentía necesaria y capaz aunque en ocasiones estuviera agotada por la falta de sueño.

No se si en mi segunda maternidad he llevado a cabo o no una crianza con apego, lo que tengo claro es que ha sido una crianza mucho más relajada, en la que no estaba en continua lucha contra los deseos de mi bebé, si no que los escuchaba y trataba de satisfacer sus necesidades de la mejor manera que sabía. Ha sido también una crianza en la que hemos prescindido de muchos productos y artículos que se asocian indefectiblemente ala maternidad y los bebés, por lo que ha resultado menos costosa económicamente. Como suele decirse ha sido una experiencia: buena, bonita y barata, ¿qué más no se puede pedir? Está claro que si volviese a ser madre repetiría el patrón que seguí con Jesús. Sólo espero que Ángel pueda llegar a perdonarme por no haber sabido atenderle mejor, con más flexibilidad y cariño, habiendo escuchado más a mi instinto, a mi corazón, y menos a lo que dice la generalidad de la sociedad actual que hay que hacer o no con un bebé.