miércoles, 28 de enero de 2015

LA SALA DE ESPERA DE PARITORIOS

Como os conté finalmente fui al hospital mientras mi hermana estaba de parto, cosa que nunca pensé que haría pues va en contra de mis principios.

El parto de mi hermana duró 30 horas, de las que estuvo 22 en el hospital. Yo llegué al final y apenas estuve media hora. No puedo ni imaginarme lo que debe ser estar en una sala de espera tanto tiempo.
Durante el rato que estuve allí me fijé en mis compañeros de sala de espera. ¡Había familias enteras! Varias generaciones esperando la llegada del nuevo miembro de la familia, desde ancianos hasta bebés. Ignoro cuanto tiempo llevarían allí, ni lo que les quedaba aún allí metidos.

No sé cual es el protocolo de actuación en otros hospitales, pero en el que dio a luz mi hermana, les dejan un par de horas como mínimo en la habitación donde dan a luz (que no es un paritorio tradicional) antes de llevarles a la habitación, por lo que hay que añadir al tiempo del parto este otro más antes de poder ver a la recién parida y su criatura. Vamos, que la espera se puede eternizar.

Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre el asunto y me han surgido los siguientes interrogantes:

¿Sabe la parturienta quienes están en la sala de espera? ¿Le parece bien que estén ahí? ¿Los ha llamado ella para que vayan? ¿Le apetece ver a todas esas personas recién parida?

¿Que pretenden esas personas estando allí todo ese tiempo? ¿Ser los primeros en ver al recién nacido? ¿Pasar el rato confraternizando con otros familiares? ¿Creen que es su obligación estar? ¿No tienen otra cosa que hacer? ¿No tienen responsabilidades que atender, un trabajo al que ir? ¿Tienen todas esas personas una relación de confianza tal con la pareja como para compartir esos primeros momentos con ellos?

Me da la sensación de que la respuesta a estas preguntas es que, en la mayoría de los casos, las mujeres no queremos que se forme un circo a la puerta del paritorio a nuestra costa, que tras dar a luz lo que queremos es tranquilidad y no una horda de personas a nuestro alrededor haciendo ruido y tratando de acaparar a nuestro bebé. Creo que estar en el hospital se ha convertido en un ritual social que poco o nada tiene que ver con las necesidades y deseos de las madres y los recién nacidos y como toda costumbre que arraiga en una cultura es muy difícil de desterrar. El avisar o no a los familiares de que estás de parto, cuando hacerlo y decir o no donde estás, se convierte en un juego de pierde-pierde, pues si vetas a la gente se enfadan y si los dejas pasar pueden llegar a agobiarte y enturbiar unos momentos delicados y únicos en tu vida y la de tu bebé. Para que luego algunos encima nos recriminen la de horas que les hemos hecho pasar en la salita: “con lo incómodas que son esas sillas de hospital”.

La solución a esto sería bastante sencilla. Bastaría con que le preguntásemos a los futuros padres, que quieren, que es lo que les va a hacer sentirse más cómodos y respetarlo. Aguantarse las ganas de ver al bebé unas horas o incluso un par de días no es tan complicado y no tomarnos como una afrenta personal esta espera, porque no tiene que ver con nosotros, los familiares o los amigos, si no con ellos, que son los verdaderos protagonistas y quienes deben poder decidir el como y el cuando respecto a su bebé. Si hubiera más empatía y menos figureo, las salas de espera de los paritorios estarían más vacías.



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